El poder del don como hecho social total
Para los maoríes de Nueva Zelanda, la cosa donada tiene un espíritu (Hau); la obligación de corresponder proviene de la naturaleza misma de la cosa donada, la cual, lejos de ser inerte y pasiva, estaría dotada de un «espíritu» que pesaría como una fuerza externa sobre quien la recibe, hasta imponerle que corresponda.
Según esta teoría, el «espíritu de la cosa donada» tendría su origen en la huella que cada individuo deja sobre los objetos de las distintas formas de intercambio.
La misma impronta la deja el artista al manipular la materia de su propia obra.
Aunque hoy nuestro mundo esté regulado por el uso del dinero, el arte debería lograr emanciparse al menos en parte de las lógicas de acumulación de la riqueza, para elevarse a un papel distinto, para convertirse en un ámbito en el que se pueda experimentar la confianza recíproca entre seres humanos.
Yo no estoy dispuesto a reflejarme en la mentira del dinero que se me repite cada día; creo que el artista está obligado a pensar de otro modo, y por eso llevo a cabo este gesto inútil, para que pueda germinar con el tiempo y regalarnos algo nuevo.
Si no le veis el sentido ni la utilidad, vamos por el buen camino.
El interés que se consigue generar en torno a esta inutilidad sin sentido representa la energía que me empuja a continuar mi trabajo sin descanso.
Es un hecho que, si todos donaran según sus posibilidades, la mayor parte de los problemas del mundo estaría resuelta; y si además tuviéramos la certeza de que, donando cien, nos volvería mil, pasaríamos la mayor parte del tiempo buscando un regalo para alguien, aunque solo fuera para deshacernos de lo que es nuestro pero no necesitamos.
Sabemos que las seis caras de un dado tienen la misma probabilidad de salir en cada tirada; si lanzamos un dado un millón de veces, sabemos que las seis caras saldrán en igual número; y sin embargo, si tiramos el dado una sola vez, seguimos pensando que el resultado es fruto del azar.
La vida misma es un don aparentemente casual, y sin embargo hay quien la pasa entera intentando amargar la de los demás, acumulando para sí lo que logra quitar a sus vecinos, viviendo con el miedo de perderlo todo.
Roma 01/2023
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El don es un hecho social total, basado en el principio de reciprocidad, que implica una fuerte dosis de libertad; es cierto que existe la obligación de devolver, pero los modos y los tiempos no son rígidos y, en cualquier caso, se trata de una obligación moral, no exigible por ley ni sancionable. El valor del don reside en la ausencia de garantías para quien dona. Una ausencia que presupone una gran confianza en los demás.
Marcel Mauss (Ensayo sobre el don, 1923)
En lugar del sistema del don usado por los pueblos primitivos, el mundo en el que vivimos ha elegido el sistema de la lotería: muchísimos perdedores por un solo ganador.
El paradigma de la lotería se aplica a las loterías y a los rasca y gana, al juego de azar en general, pero también a todo lo demás: premios culturales, artísticos, televisivos, inversiones de riesgo, criptomonedas, escuela, espectáculo, universidad, deporte, etc.
Para funcionar, una lotería debe contar con un grupo muy numeroso de seguros perdedores dispuestos a arriesgar poco dinero para obtener una gran ganancia (prácticamente imposible).
El sistema funciona si los participantes implicados (que a menudo se implican a sí mismos a través de la esperanza de poder ser, por una vez, los afortunados) son suficientes en número.
El paradigma de la lotería está difundido en muchos campos: tiene que ver con la posibilidad de ganar, es decir, con tener un solo ganador y muchísimos perdedores; todos apuestan por ello esperando ser los ganadores. El capitalismo no prevé una distribución equitativa de la renta, por esta razón todos quieren saberse merecedores de más que los demás, incluso mientras se deslomen por cuatro perras.
El mérito de ganar entra también en el paradigma, aparentemente opuesto al de la lotería, de la meritocracia. Esta se presenta como un sistema que premiaría a quien merece ser premiado, cuando, en realidad, funciona con las mismas reglas de la lotería, con el agravante de la corrupción y de los favoritismos de todo tipo, que se practican aprovechando el hecho de que muchos ámbitos solo son conocidos por los técnicos del propio ámbito, o de que la línea entre lo meritorio y lo no meritorio se presenta muy difuminada y, en consecuencia, el mérito se define de manera arbitraria sin que nadie pueda verificar si la elección ha sido correcta o no.
En su Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1767-1773) es el propio Adam Smith quien nos hace notar que:
«Nunca ha existido ni existirá jamás en el mundo una lotería perfectamente equitativa, es decir, tal que la ganancia total compense la pérdida total, pues el gestor no sacaría nada de ella. Los billetes de las loterías de Estado no valen realmente el precio pagado por los suscriptores originales y, sin embargo, se venden comúnmente en el mercado con un sobreprecio del veinte por ciento, del treinta por ciento y a veces del cuarenta por ciento.»
«La vana esperanza de ganar uno de los grandes premios es la única razón de esta demanda. Incluso las personas más equilibradas difícilmente consideran una locura pagar una pequeña suma a cambio de la posibilidad de ganar diez o veinte mil libras, porque no saben que esa suma, aun siendo pequeña, es superior en un veinte o treinta por ciento al valor de la probabilidad que representa.»
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