QUARANTINE

Quarantine

En espera vigilante (2020)

La cuarentena, como estado de aislamiento y exclusión cautelar, es el estado mental de base de las sociedades occidentales.
Desde la difusión del sida (1981) a los atentados a las Torres Gemelas (2001) y a la Covid-19, las personas se han ido, gradual pero inexorablemente, autoexcluyendo de la vida social, con el fin de no correr riesgos para la propia supervivencia.
Los seres humanos, en esta parte del mundo, han elegido vivir dentro de sus casas, tras sus verjas, detrás de sus muros, dentro de su cerebro, elaborando extraordinarias fantasías sobre lo que mágicamente debería suceder en el futuro, confiándose a la vana posibilidad de que la tecnología pueda colmar el vacío de sentido y de calor en los corazones.
La serie Quarantine está centrada en la visión del ser humano contemporáneo en la opulenta civilización occidental;
un ser que, por miedo a morir o a no vivir lo suficiente, prefiere imaginar que vive,
rodeándose de sucedáneos tranquilizadores y seguros de la vida real.
Este estado mental excluye el cuerpo como instrumento de movimiento y de placer,
el cuerpo se convierte ante todo en un instrumento de transmisión de virus mortales.
La experiencia de la vida se vuelve virtual, deslocalizada, dirigida principalmente al sentido de la vista y al solo órgano cerebral.
Represento a mis modelos acéfalas, con una gran esfera en lugar de la cabeza, una esfera repleta de deseos indecibles e irrealizables,
de miedos y esperanzas depositados en un maravilloso futuro en el que será posible de nuevo vivir de verdad.
En un estado semejante a la reclusión, en una situación en la que nuestra libertad de movimiento se ve limitada,
al margen del motivo, nuestra mente tiene la única posibilidad de viajar a través de la imaginación,
hacia nuevos mundos, para seguir permaneciendo en su estado natural de libertad.
El arte y la cultura desde luego no murieron durante el fascismo, el estalinismo y las demás dictaduras;
solo mueren las mentes de las personas que dejan de soñar.

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Las crisis ponen al desnudo la situación real de un sistema o de un proceso;
también la crisis pandémica de 2019/2020 tuvo el mérito de ayudarnos a comprender dónde vivimos
y a ayudarnos a liberar nuestra mente del relato ficticio e hipócrita que nos hemos repetido hasta hoy
acerca de nuestra realidad.
La crisis permitió ver cuáles son nuestras verdaderas prioridades,
si no como sociedad, al menos como grupo de personas que viven en la misma nación
y responden a las mismas leyes.
Al encontrarnos en la necesidad de tener que decidir entre servicios esenciales y no esenciales,
constatamos que la instrucción pública, el deporte, el arte y la cultura no están entre ellos,
además, naturalmente, de desconocer la libre circulación de las personas por el territorio,
consagrada por la constitución.
Después de todo, "Italia es una República democrática, fundada sobre el trabajo", y desde siempre lo demás viene después.
No importa que el trabajador esté satisfecho con su vida más allá del hecho de tener
los medios de subsistencia mínimos para pagar un alquiler y hacer la compra en el mercado.
La instrucción pública se considera de importancia secundaria,
por ser cualitativamente deficiente; sabemos desde siempre que hará falta una formación en el ámbito privado para
nuestros hijos si queremos darles una instrucción de alto nivel.
Tampoco el deporte goza de buena fama: mantener una buena forma física en nuestro país se considera,
más que un modo de reforzar las propias defensas inmunitarias, un síntoma de simpatías fascistas.
Por el contrario, el deporte de alto nivel (en el que hay grandes intereses económicos)
se consideró necesario y se practicó sin ninguna de las absurdas precauciones exigidas a los ciudadanos normales.
El arte y la cultura se consideran importantes de palabra, pero es opinión extendida que atañen al ámbito de quien no trabaja de verdad.

El ámbito económico ha engullido todos los ámbitos de la vida, haciendo necesaria la creación de una plusvalía
también en ámbitos que por naturaleza no pueden generarla.
La sanidad pública convertida en empresa sanitaria, la escuela convertida en escuela-trabajo,
el arte convertido en objeto de inversión, la ciencia convertida en ámbito de inversión de los grandes fondos,
son síntomas de un mal que tiene que ver con la búsqueda perenne de la creación de un excedente económico;
desde esta óptica, una escuela que, aun teniendo un coste para la comunidad, sea capaz de formar personas responsables,
solidarias y alegres, no tiene valor alguno; la generación de una plusvalía distinta de la económica
se considera secundaria.
Además, la plusvalía generada en el ámbito económico se reinvierte en nuevas actividades a la
búsqueda de nueva plusvalía, repitiendo hasta el infinito con el mero fin de la acumulación,
antes que en ámbitos considerados secundarios.
Por último, buena parte de la recaudación fiscal se emplea para sostener esos mismos ámbitos económicos
cuando se encuentran en dificultades.

El papel de los medios en esta crisis denuncia la incapacidad de presentar al público una serie de tesis contrapuestas.
Los medios están aplanados sobre una única visión, hasta el punto de tachar los puntos de vista distintos
con la palabra negacionista, nacida en circunstancias históricas muy diferentes.
No se prevé un contradictorio entre la tesis dominante y las demás, no está permitido hablar de ello.
En caso de crisis, los medios adoptan una especie de modalidad de guerra, aterrorizando a los ciudadanos y apoyando
al poder constituido y a las medidas tomadas, sean cuales sean.
Mediante esta modalidad aumentan el número de contactos y ventas,
todos nosotros estamos interesados en saber si está sucediendo algo especialmente grave,
y encuentran una buena excusa para estrechar relaciones con el poder político
(fondos públicos para la edición) y económico.

También los medios públicos, al igual que la escuela, la sanidad, la justicia, el arte, la cultura y otros ámbitos,
desempeñarían mejor su cometido para una comunidad (si la hubiera) si se situaran fuera
de la esfera económica, como teorizó Rudolf Steiner ya hace cien años.
Escuelas que no enseñan, medios que no informan, hospitales que no curan, administraciones y oficinas públicas
que nos roban el tiempo mediante la creación de absurdos laberintos burocráticos;
¿quién se beneficia del uso de estos servicios, aparte de quien trabaja en ellos y percibe un sueldo
por prestar un servicio por lo general pésimo?
¿Debemos sostener que es mejor tener algo que no funciona antes que nada?
¿No es acaso esta la misma lógica que nos lleva a comprar y consumir productos dañinos y contaminantes
antes que prescindir de ellos directamente?
¿No sería quizá menos hipócrita, llegados a este punto, vista la manifiesta incapacidad de este sistema para crear un servicio
público, renunciar a él por completo y privatizar todos los ámbitos de la vida?

La religión, en el contexto de la Covid, se reveló inútil hasta el punto de cerrar las iglesias.
Imaginamos que la mayor parte de los italianos tenía una vida espiritual ligada al mensaje de Cristo;
nada más falso, y ya lo habíamos comprendido por el resultado de las elecciones: evidentemente, muchos iban a la iglesia para cumplir un rito
supersticioso, vuelto peligroso e inútil por el virus.
La única religión en la que creemos realmente, y de la que obtenemos consuelo, es la ciencia;
pero creemos en ella con fanatismo religioso: existe un único verdadero virólogo, y hasta el Papa se inclina ante él.

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