Greguerías y otros textos - Un estruendo confuso, un bullicio de voces superpuestas.
Un día de 1910, en el primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla de Madrid, un día de escepticismo y cansancio, Ramón llevó a cabo un experimento alquímico: dijo haber tomado todos los ingredientes de su laboratorio, frasco por frasco, haberlos mezclado, y del precipitado —de la depuración y de la disolución radical— surgió la greguería. Desde entonces, añadía, era para él «la flor de todo lo que queda», lo que sobrevive al desencanto.
Ramón contaba haber metido la mano en el gran bombo (la urna) de las palabras y haber sacado al azar una bola: era «greguería», todavía en singular; plantó aquella bola y de ella tuvo un jardín. El azar, decía, ha de ser el bautizador de los mejores hallazgos.
Ramón decía haber conservado esa palabra por su eufonía y por los secretos que esconde. Y daba la definición del viejo diccionario —algarabía, gritería confusa— con la coda burlona que es el corazón de la fábula: en los diccionarios anteriores, escribía, significaba el chillido de los cerdillos cuando corren detrás de su madre. A lo que añadía la glosa poética: es lo que los seres gritan confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas.