UMANO DISUMANO

Umano disumano

Volúmenes I y II, Edizioni Nulla Die (2024-2025)

La poesía, la pintura, el cine. En sí mismas son hoy formas expresivas reducidas a los horarios de después del trabajo. Las personas pasan el tiempo produciendo y llevando adelante sus representaciones delirantes, en un saber equivocado, hipócrita y violento. La mirada transversal de Luca Motolese va más allá de la pertenencia y la identificación. El artista del presente es siempre también un poco el del futuro, aún no reconocido del todo. El artista reducido a esencia, quizá pobre, como los que no tienen espíritu, corazón ni dinero. Así me encuentro con una poesía dedicada. Quizá porque yo también soy ese pobre.
Es, en efecto, desde mi barraca desde donde escribo este prefacio. En la zona en la que las palabras son flatus vocis, sin ya fuerza transformadora. Luca Motolese, mi homónimo, representa, de un modo algo cojeante, un poco anacoluto, un álter ego. Y, llegado el caso, cabe una representación antagonista, un incendio visual, sobre los fotogramas cinematográficos de un pintor, un exponente del pop art italiano, Mario Schifano. Recuerdo bien su película "Umano non umano". Había dado con ella en uno de mis varios periodos de obsesión por Carmelo Bene, figura que anticipaba esta no-pertenencia a las artes. Con su teorizar un cine que no puede hacerse con el cine, un teatro que no puede hacerse con el teatro, una pintura que no puede hacerse con la pintura, y así con todas las artes.
El fin ya no es la pintura, ni siquiera la poesía. Sino una sorda parresía, en la necesidad loca de resolver esta realidad, esta voluntad claudicante, que se disuelve en las representaciones vulgares de un cotidiano ignorante, pero poderoso. Opresiones y bombardeos, allí donde no materiales, sufridos en el destino que día tras día no elegimos pero que nos atrapa. De modo que nos encontramos rodeados de aquellas figuras que Luca Motolese llama los "retrasados". Que son a menudo los que deciden quién debe llevar este estigma, por no ser conformes a la angustiosa arena de inutilidad a la que todos se adecúan a cada momento. Es por esto que Luca dice que nosotros "jugamos". Porque eso es el arte. Desahogar aquella inmensa amargura en un plano imaginario, mientras a cada santo momento somos aplastados por la indiferencia de quien ya no puede ni siquiera captar nuestras palabras. El arma de los estúpidos se ha convertido en no poder ya ni siquiera ofenderse, y de ahí, por eso, los "retrasados". Ya irrecuperables, nos ponen en su lugar, porque nosotros pedimos estar en él. En el lugar que les sería asignable por el sentido común. El de la isla fuera de lo humano. Y en cambio ahí están, son precisamente ellos, los humanos. Aquel más allá buscado por Nietzsche se convierte en el lugar de la marginación, del estrabismo de quien ya no sabe cuál es la dirección. Los zombis, los llamaba Carmelo Bene. Y así sucesivamente, en un río de desprecio que es la única alegría de quien siente las cadenas por una razón o por otra.
Y sin embargo se vuelve tan cristiana y a la vez nietzscheana aquella enseñanza paterna que nos narra el nuestro, cuando le dice a su hijo "odia a los estúpidos, ayuda a los débiles". A menudo el mecanismo se vuelve aún más intrincado cuando se comprende que algunos de estos estúpidos son también débiles, porque incapaces de desobediencia, relegados a su papel, a su seguridad, que los vuelve incapaces de comprender. Amenazados por aquellas necesidades que vienen de abajo, de quien dice palabras que no pueden ser acogidas, porque demasiado verdaderas.
Padres que enseñan a sus hijos a desobedecer, la más difícil de las disciplinas.
Así recuerda incluso a Angiolieri cuando encuentra su personificación en el huracán.

"¡Ha pasado el huracán Zakamoto!"
Lo ha destruido todo, también las casas de los malvados.
Ha debilitado a los estúpidos y atontado a los débiles.
Ha encontrado defectos, arrepentimientos, mal, ignorancia,
y ni una sola gota de esperanza.

Aquel deseo de catástrofe que nos pega a los televisores, entre una noticia sobre los bombardeos por tierra en Gaza, algún acelerado sensacionalismo sobre los vientos de guerra en Occidente, justo para despertar alguna endorfina militar en el cerebelo lagartijo, y luego alguna sacudida en los Campos Flégreos, únicas esperanzas de salvación, como cuando el hijo de Motolese le anuncia el apocalipsis. Una espera ansiosa de las catástrofes. Y sin embargo la verdadera catástrofe es que, si acaso ocurriera este apocalipsis, no sería una apocatástasis. Los más afortunados tendrían de todos modos más vías de escape, una prioridad suya. Al fin y al cabo, han pagado, ¿no? Para hacer una cola en el aeropuerto medio minuto más corta. Sí, el estribillo: quiénes son los verdaderos pobres. Quien se vacía la cartera para depender de la vida en la oficina, desde donde escuchar el penúltimo single de Tananai y planificar la próxima tonta eyaculación dentro de la esposa.
Y en el fondo, cuando Motolese nos habla de D'io (De-Dios/De-yo), nos recuerda a Levinas cuando declaraba que Dios es el otro. Y también el yo es otro, sí, lo decía aquel otro. Está justo ahí la clave. Algo que no nos pertenece, precisamente porque nos pertenece. Lo vemos, nos acompaña, nos guía, nos induce a la tentación, como un diablo. El yo, y aquel algo que le pertenece, por tanto D'io.
Pero inmersos como estamos en el dataísmo, privados de aquella inconsciente frustración de no pertenecer a esa máquina administrativa que en anti-social cadena nos ata y nos divide. Unidos más que por la responsabilidad, por la culpa. La dependencia fría del vivir tranquilo.
Páginas llenas de esperanza, aunque no aparente y banal. Como cuando se desea la vida eterna para los hijos y no para uno mismo. Porque solo un condenado puede amar. Y aquel amor es en el fondo egoísta en su autoanularse, porque el amado siempre hace poco caso del amor. Le sirve para vivir, para tener sentido y nada más. Cuestiones que parecen obvias, pero que son solo breves momentos. No pueden durar demasiado. El amor es siempre un instante que dura algunos minutos, que nos toma y pensamos en él durante días, durante años, durante toda la vida, pero como un recuerdo desvaído. Y así llega la voz de aquel padre cuya función es solo la de permanecer. La de volverse eterno en la eternidad de sus hijos. Algo que es otro de sí. Siempre en los alrededores de Charleville, un poeta que tiene visiones, que hace sueños, que pinta perfectamente en estilo metafísico, aun sin serlo, aun siendo antimetafísico, allí donde en el caos de la rabia y de la frustración hay movimiento, ardor y confusión. Fotones que no pueden ser recogidos por la córnea. Quizá pocas miradas, las de Luca (el otro que soy yo) o la de Annalisa, y me imagino las de tantos otros, como Daniele, Giuseppe, Chiara, Alessandro, Hadil, y otros tantos más; al final el mundo encendido de miradas ante sus obras. Él, que no hace pintura, porque es un artista. Y cuando se está a su lado, se ve en la habitación un lienzo aún por terminar. De vez en cuando se sienta y da una pincelada. Increíble cómo un hombre sentado puede hacer todo esto. E inhumano, quizá, porque no aguantamos más aquellos ruidos que provienen de la calle, mientras las hormigas están quietas, ya absorbidas por su metafísica. Es bien cierto: Luca Motolese no es un pintor, sino un poeta antimetafísico. Porque haber invertido en la catástrofe tiene el significado de aceptar que mañana siempre los fuertes vencerán a los débiles, y que tenemos una gran libertad, la leopardiana de disentir con la naturaleza, con el inmundo planeta sobre el que ponemos los pies, con aquel feo poder que domina para daño común y vanidad de vanidades: vuestra pobreza me hace rico.
Prefacio de Luca Atzori a la primera edición del libro.

Umano disumano volumen IUmano disumano volumen I

Con la exposición "Umano Disumano", Akira Zakamoto explora nuevas temáticas a través de un lenguaje expresivo inédito. La muestra se centra en la compleja y cambiante relación entre lo humano, lo inhumano y la naturaleza, abordando el tema de la transformación y de la poética de la mutación.
El proyecto nace de la más reciente investigación del artista, recogida en el libro "Umano Disumano" en el que indaga el paso de lo humano hacia dimensiones super-, sub- o transhumanas, proponiendo una visión crítica del presente. En un mundo en el que la tecnología anhela un futuro de armonía y progreso, el artista subraya las contradicciones del presente: guerra, ignorancia y devastación ambiental. Estas tensiones se reflejan en la reacción de la naturaleza, que de oprimida se rebela, englobando a la humanidad y sus creaciones en un ciclo de destrucción y renacimiento.
Las diez grandes telas, imponentes por dimensiones y riqueza cromática, encarnan un diálogo complejo y fascinante entre el mundo humano y el natural, inspirándose en las poesías que funcionan como subtexto narrativo y simbólico. La elección de representar rostros femeninos y flores en formas que oscilan entre lo figurativo y lo estilizado invita al observador a explorar un relato estratificado, que entrelaza temas de transformación, belleza y conexión espiritual con la naturaleza.
La inclusión de aceites esenciales de fragancias florales representa una innovación audaz y sinestésica que expande el arte pictórico en una experiencia que implica no solo la vista, sino también el olfato, volviendo las obras vivas y tangibles.

La exposición de Zakamoto se configura como una experiencia inmersiva y estratificada, en la que el público es llamado a identificarse con un vídeo onírico que explora paisajes urbanos uniformes, espacios liminales y dimensiones metafísicas. La elección de proyectar el vídeo en bucle crea una temporalidad fluida, suspendida, donde el observador pierde la noción del tiempo y se encuentra atrapado en un viaje compartido que no tiene ni principio ni fin.

La banda sonora, elemento central del proyecto, amplifica el impacto de las imágenes a través de un ritmo hipnótico y recursivo. En ella emerge un claro homenaje al largometraje "Umano, non umano" de Mario Schifano, obra maestra del cine experimental italiano que, con su latido cardíaco recurrente, conectaba fragmentos visuales heterogéneos. Zakamoto retoma esta intuición y la reinterpreta utilizando el sonido del corazón como símbolo universal y arquetipo rítmico, capaz de unir paisajes aparentemente ajenos y construir una unidad sensorial que trasciende la dimensión narrativa.
Al mismo tiempo, el vídeo evoca la obra filosófica "Humano, demasiado humano" de Nietzsche, proponiendo una visión antimetafísica que se aleja del ideal romántico y místico para abrazar un análisis racional y desencantado. Zakamoto se sitúa en continuidad con esta reflexión, pero la reformula en clave visual y sonora: sus espacios liminales no son tanto lugares de transición hacia un más allá, cuanto el símbolo de una ausencia de resolución definitiva, un rechazo de cualquier sistema de pensamiento que pretenda cerrar el círculo.
La investigación de Zakamoto se posiciona por tanto en neto contraste con todo enfoque cerebral que aspira a explicar el mundo a través de estructuras lógicas o metafísicas, oponiéndole una experiencia que se nutre de ambigüedad, donde el viaje no es lineal y las imágenes se hacen portadoras de una multiplicidad de significados.
Podemos afirmar que esta exposición se presenta como un manifiesto contemporáneo de la antimetafísica, capaz de dialogar con las vanguardias pasadas sin replicarlas, sino traduciéndolas en un lenguaje conforme a la sensibilidad de nuestro tiempo. El entrelazado entre lo visual, lo sonoro y lo filosófico hace de esta muestra no solo un evento artístico, sino también una profunda reflexión estética sobre nuestra relación con la realidad y sus confines.
Texto crítico de Marcella Magaletti para la inauguración en Roma en Atelier Montez 2024

Umano disumano volumen IIUmano disumano volumen II

Se trataba, en apariencia, de un globo rocoso como muchos otros, clasificado como planeta, pero demasiado esquivo para entrar en la órbita de una estrella cualquiera. Vagaba a la deriva sin meta, solitario y descuidado incluso por los exploradores más tenaces del imperio galáctico. Ni siquiera a los ojos de los simios espaciales tenía L74M el mínimo atractivo económico, dado que sobre él no crecía nada más que colosales zarzales de materia gris, alargados desde la árida superficie hasta más allá de los confines de la ionosfera, como para protegerlo de los abusos de la dictadura democrática.
Si tan solo hubiera habido algún océano que hiciera más próspera la vida sobre él, miles de colonos habrían desembarcado como hormigas para extraer alimento, manipular sus costas y fundar puertos comerciales de los que obtener ingentes fuentes de ganancia hasta secarlo, como ya había ocurrido con el planeta Tierra. Y sin embargo L74M resultaba tan desnudo y hostil a la vida civilizada que se lo dejaba en paz, libre de toda forma de ley o gobierno.
En resumen, nadie habría sospechado que, bien escondido en las profundidades del planeta, se ocultaba en gran secreto un complejo laberinto de galerías y grutas exuberantes. Allá abajo crecían flores de colores nunca vistos, valles enteros verdeantes que recorrer a caballo, nubes de algodón y castillos de lino, sostenidos por estructuras de madera pero alimentados por el correr de corrientes eléctricas, tendentes al añil como el cielo de aquellas tierras subterráneas, que los Akira llamaban hogar.
Era una cuestión de aislacionismo. El deseo de permanecer imperturbados caracterizaba aquellas tierras; el sueño de la quietud corría por las venas del pueblo de L74M como el ansia de poder que, en cambio, infectaba a los simios espaciales desde el alba de los tiempos. Pero incluso así, dada la naturaleza creativa de los Akira, resultaba imposible dar la espalda a las injusticias del imperio galáctico.
Aquí y allá por las vastedades del infinito, los mundos se hacían la guerra mientras telarañas burocráticas volvían imposible la vida de los hambrientos, pero más simple la de los saciados nazis. Así, L74M había decretado por unanimidad un compromiso consigo mismo: los Akira enviarían añil y flores, algodón, madera y lino al espacio exterior, mezclándolos con el ya sobrecargado sistema postal de los mil mundos civilizados; de verdad no lograban darle la victoria al imperio, a los simios espaciales que brindaban tras cada matanza, tras cada tomadura de pelo, por cada electrodoméstico consumido por la obsolescencia programada y sobre la nota más alta de cada blasfemia de la reprimida clase obrera.
Sin duda el mensaje sería entregado con algunos siglos de retraso; el imperio galáctico intentaría hacer desaparecer aquellas trazas de pensamiento divergente de su propio sistema informático, pero en algún lugar, al menos alguien, se encontraría un tesoro en el felpudo, en el buzón o apoyado sobre el parabrisas del coche sin gasolina.
Así, a los habitantes de L74M, para estar de algún modo satisfechos de su propia contribución, les bastaba pensar en la sonrisa que esbozarían los afortunados que, esperando resignadamente recoger una multa o la notificación de los impuestos por pagar, pensarían en cambio:
Quizá existe un mundo mejor.
Introducción de Mattia Motolese al Volumen II

SILENCIO
En mi estudio nunca hay silencio
aunque apague la música
hay siempre un silbido de fondo
el ruido sordo de la multitud
el ruido cósmico de la ciudad
De noche en barca
cuando reina el silencio más absoluto
pienso que quizá están todos muertos
y quiero volver a la orilla
para comprobarlo

"Umano Disumano Vol. 2" no es simplemente un libro. Es un archivo de fragmentos, una colección de detalles que parecen invisibles y sin embargo nos acompañan constantemente, dibujando un mapa de la existencia. Cada palabra se percibe como una huella dejada sobre la arena, dispuesta a desaparecer pero al mismo tiempo capaz de permanecer, suspendida entre lo efímero y lo eterno. Luca nos guía a través de esta catalogación de pensamientos y nos invita a observar lo cotidiano con ojos nuevos, haciéndonos redescubrir la sutil absurdidad que se esconde tras lo ordinario.
En cada verso, en cada fragmento, sentimos la presencia de un inventario del alma. Los pensamientos no dichos, los objetos olvidados, los rostros que se escapan: todo se entrelaza, creando un espacio mental en el que lo real se confunde con lo surreal. A través de esta lente, su poética se convierte en una colección de detalles que parecen pequeños, pero que narran historias más grandes, suspendidas entre pasado, presente y futuro, detenidas en una inmovilidad propia.
Moverse entre las líneas es como caminar por una ciudad infinita, un recorrido que escapa a la linealidad. El lector se encuentra inmerso en una trama fractal de memorias y sensaciones. Luca nos pone delante una lente capaz de revelar los espacios ocultos entre un pensamiento y otro, aquellas grietas sutiles por las que se asoma la reflexión sobre lo humano y lo inhumano. Y así, cada fragmento se une para crear una posible historia de nosotros mismos y de lo que podríamos ser.
Pero más allá de esta catalogación quirúrgica de la vida, emerge una inquietud, un alma desasosegada. "Umano Disumano" nos deja suspendidos en el umbral de lo indescifrable, empujándonos a reflexionar sobre la naturaleza misma de la humanidad. Y nos invita a preguntarnos qué significa realmente estar vivos en un mundo que parece cada vez más lejano de sí mismo.
Esta poesía, con su oscilar entre ironía y tragedia, se transforma en un archivo de la existencia, en un mapa de los espacios entre las cosas. Las páginas de Luca nos conducen a un laberinto hecho de epifanías cotidianas, donde sensaciones y visiones paralelas se revelan poco a poco. Su objetivo no es explicar el mundo, sino volverlo visible a través de detalles que permanecen en suspenso, flotando en el aire, como si esperaran a ser recogidos.
No hay respuestas fáciles en estas páginas. El libro nos empuja a preguntarnos qué ha quedado de nosotros, de lo que significa ser humanos en una época que parece haber perdido el sentido de lo esencial. Nos deja la tarea de convertirnos en archiveros de nuestro propio extravío, recogiendo los fragmentos de un mundo hecho añicos, para intentar encontrar una nueva coherencia.
Al final, queda una pregunta, la que nos concierne a todos: ¿qué significa existir en un mundo en el que sombras y luces se funden con tanta facilidad?

Introducción de Riccardo Mantelli al Volumen II

DESNUDO
Desnudo
miro hacia el futuro
desde la ventana de mi estudio
Un laberinto de colores saturados
Melancolías y absurdas cromías

El cubo se compone
y se descompone
al mismo tiempo
Inmóvil desierto congelado
Una flor entre tus muslos
Desde las habitaciones vacías
miramos afuera
solos y desnudos

Ya he visto este futuro
mil veces
siempre igual
Último nivel
Game over

La amistad. Cuando un amigo tuyo, que es también uno de tus artistas preferidos (pintor o, mejor, creador de imágenes), te pide escribir el prefacio de su último libro —este Umano Disumano Vol. 2, salido inmediatamente después del Vol. 1, editado en la primavera de 2024 (con el prefacio de otro amigo común, Luca Atzori, performer teatral y poeta muy especial, ciertamente originario de una galaxia lejana)—, no puedes sino estar feliz.
Escribir sobre Luca Motolese, artísticamente Akira Zakamoto, nacido en 1974 en Turín, es muy complicado, a menos que se empiece precisamente por el ser humano, ese Luca que conozco no desde hace muchos años, pero en el fondo es un poco como si siempre hubiera estado ahí contigo, de un modo u otro: Luca, el amigo mítico de tu hermano mayor; Luca, el primo mayor que te lleva en vespa por primera vez (y tú tienes once años).
Prefacios anteriores (Vol. 1, L. Atzori). Ahora, sin embargo, es necesario hacer una especie de premisa, que ya tiene el sabor de una conclusión: nuestro Luca no es un "artista" y este libro no puede haber sido producido por un "poeta".
Estoy plenamente de acuerdo con lo que el ya citado alienígena Atzori escribió, introduciendo el primer volumen:
La mirada transversal de Luca Motolese va más allá de la pertenencia y la identificación. El artista del presente es siempre también un poco el del futuro, aún no reconocido del todo. El artista reducido a esencia, quizá pobre, como los que no tienen espíritu, corazón ni dinero. (..)
La reflexión concluye con una necesaria apelación al Vate CB:
(..) Carmelo Bene, figura que anticipaba esta "no-pertenencia" a las artes. Con su teorizar un cine que no puede hacerse con el cine, un teatro que no puede hacerse con el teatro, una pintura que no puede hacerse con la pintura (..).
Friedrich Wilhelm Nietzsche, ponerse a la "escucha", eterno veinteañero. El volumen segundo se abre con al menos una cita del Zaratustra de Friedrich Wilhelm Nietzsche, el filósofo de lo imposible, quizá el más amado durante nuestra tardía adolescencia, junto obviamente a Hermann Hesse, antes de que cayera sobre nosotros aquel extraño rubor en las mejillas, vencidos por un sentido de vergüenza, típico de quien quiere olvidar cuán educativos fueron, en cambio, aquellos primeros momentos de erotismo y de autoerotismo, encerrados en el propio cuartito.
Nietzsche, que no es filósofo, pero hace grandísima literatura; para los literatos no hace poesía, pero es un magnífico filósofo. Él, además, es un filólogo clásico, durante algunos años trabaja como docente universitario, antes de descubrir el viento o el fuego wagneriano. El chico de Röcken, con el paso del tiempo, se ha convertido en una especie de toyboy de la cultura medio-alta, tiene dos mil quinientos años, pero seguirá siendo para siempre un inquietante veinteañero lleno de sueños.
Por lo demás, tampoco la filosofía se puede hacer con la filosofía. No es un discurso sobre la interdisciplinariedad en tiempos de la globalización, no, aquí está en juego algo más profundo y esquivo (también el discurso sobre el Posmodernismo ya no tiene sentido, hecho hoy, en 2024).
Simplemente lo que hace Nietzsche es ponerse siempre a la "escucha" respecto de las cosas del mundo, visibles/invisibles, y a su manera es lo que hace nuestro Luca Motolese.
Inauguraciones, antes y después. Durante la inauguración de una reciente exposición suya, con quien se le acerca, Luca evita hablar de "técnica". Partiendo de una referencia ajena a un detalle reencontrado o descubierto que pueda conectarse con otro detalle y luego con otro hasta el infinito, hasta llegar al pintor fulano de tal de 1976, respecto de su obra expuesta (por ejemplo Porco Nero), Akira-Luca interviene lo menos posible. ¿Lo conoces? ¿Te inspiraste en él? ¿Lo viste en las redes, por casualidad? Es seguramente algo que tiene que ver con el inconsciente colectivo. Mientras el improvisado experto exhibe sus cartas, Motolese está listo para quitarle todo, podría incluso chuparle el alma, y en muy poco tiempo englobarlo en una obra suya, visual o escrita que sea.
Las veladas post-presentaciones, luego, son una invitación a Dioniso, a la vida y a la sana confusión. En orden muy disperso, se habla de música rock, de cómics y manga, de las guerras en el Peloponeso, de amistad, de posfeminismo y de robots, de planisferios, de padres, de las canciones de Piero Ciampi, de una película de Fassbinder, de retrogaming y de los nuevos videojuegos, de Gaza destruida, de pandemias y de restricciones, de los hijos, de los amores y de los viajes en motocicleta, del primer invento tecnológico de la historia (¿la rueda?), de Carlitos Tévez, de la reina africana Nzinga de Ndongo y Matamba.
¿Hablamos del Vol. 2? Pero ya lo estábamos haciendo… También en este espléndido y misterioso libro, Umano Disumano Vol. 2, emergen situaciones que componen el puzle de la vida, de cada vida posible. Ponerse a la "escucha" significa, al mismo tiempo, estar en perenne "distancia crítica". Nada es plenamente satisfactorio en nuestra sociedad contemporánea; las "no-poesías" de Motolese, llamémoslas también "pensamientos" o "fragmentos", carecen de una "forma definitiva" (lo mismo vale para sus obras pictóricas, no catalogables, viven en un vórtice continuo de movimiento): ¿fijar un "estilo" de escritura o de pintura va en contra de la actitud de "apertura", de "escucha" y de "distancia crítica"? Probablemente sí.
Humano, demasiado humano y Umano Disumano: no caigamos en el jueguito de la comparación y de la inspiración. Motolese-Zakamoto no cita ni retoma ningún texto famoso del pasado; aquí se trata de una actitud compartida.
Mientras tanto, saquemos un gran crítico de arte de la chistera.
Así escribió de él Edoardo Di Mauro, dentro de un catálogo para una exposición turinesa de 2023, titulada Media-Mente Falso:
(..) tiene la capacidad de asestar duros golpes a la hipocresía de la sociedad del espectáculo y de la imagen, que caracteriza nuestra dimensión actual, empleando signos, símbolos e insertos "vintage".
El collage y los contrastes están diseminados un poco por todas partes también en estos discursos escritos; por ejemplo en el sexto fragmento, titulado En la trattoria, en el que vuelven a escena los "retrasados" (véase Vol. 1), con su culo apoyado sobre un cojín de lana de oveja de Mongolia, cuya nota a pie de página sobre la palabra en cuestión —hoy fulminada por considerarse "políticamente incorrecta"— abre el campo al combate, a través de la sátira de costumbres (muy interesante la personalísima definición que Motolese da de "progreso"). En otros textos volvemos a encontrar a estos "retrasados", incapaces de ver los nuevos riesgos de la mercantilización, del consumismo, del control: se llama una vez más "capitalismo", el mismo maldito monstruo, siempre él. Los "malos" son nombrados, por apellido, marionetas a su vez de un sistema, como en el divertidísimo texto Pandemónium corro-corro cientificista.
El conmovedor homenaje a un nuevo amor, las reflexiones sobre la propia familia, las remisiones a situaciones vividas con amigos y amigas de toda la vida, la presencia del mar, son pausas repentinas de silencio en el caos de nuestra sociedad, pero el miedo a que puedan ser arruinadas por el mundo de los "retrasados", o al menos contaminadas, es muy fuerte (el amor, la familia, la amistad, en el fondo, ¿no son convenciones sociales creadas por la propia sociedad democrático-capitalista?).
¡Stop! ¡Conclusión! Se podría seguir mucho más, pero ¿qué sentido tendría? Disfrutemos de este libro, corramos a ver sus cuadros, saldremos más confundidos, seguramente mejores y más felices.
Introducción de Daniele Isabella al Volumen II

REGIONAL
Un tren regional
con puertas verdes fosforescentes
y franjas búlgaras en el costado
azul empolvado y amarillo ácido
cortinillas azul sucio
enmarcando ventanillas bloqueadas
asientos de plástico termoprensado
decorados con texturas de fin de milenio
Todo recordaba
el gusto social-futurista
del glorioso tiempo pasado
del país locomotora del mundo
y de noches mágicas persiguiendo un gol

Después de Umano Disumano vol. I me persuadí de que era necesario un prólogo como este, en primera persona singular omnisciente universal. Sí, ¡es urgente! Me he convencido de ello. Lo escribo con la mano izquierda porque la derecha todavía me duele.
Recibió un feo golpe. Un trauma la percutió cuando allí, en el viñedo caprino, festejando, resbalé por un oculto barranco. Con el calentamiento global al que he llegado en este infausto infierno, entre torturados labios llameantes y danzantes asexuados en celo, es absolutamente indispensable que parta para alcanzar inexploradas cumbres de glaciares ya descongelados, casi inexistentes; apremiar la bota sobre el terreno fangoso entre millones de fósiles de millones de años y de aguas hirvientes finalmente vueltas a fluir en movimiento descendente, otorgando nuevas profundidades al abismo.
Escribo con la mano izquierda porque la derecha está ocupada acelerando por los senderos tortuosos de monjes religiosos que emergen y salen así a flote alrededor del monte desnudo. Y entre una cima y otra, en lo alto tensa, la cuerda del funámbulo está, suspendida, de modo que, llegado el caso, podamos reencontrarnos allí sobre el monte a celebrar la existencia, hermanados solo por la soledad de estar solo. Virtuoso yo, que escribo con la mano izquierda para alterar mi caligrafía y confundir el flujo de la conciencia, de modo que, al releerme luego, me parezca que todo ha sido escrito por otro, aunque al final habrá sido todo mecanografiado y ya no habrá nada que leer.
Circundo hacia la izquierda también el sentimiento de culpa que no me permite reírme de mí mismo y burlarme de ese retrasado que soy, que siempre he sido. En efecto, he comprendido solo ahora que los japoneses no tienen sentido del humor y que para jugar hace falta ser al menos dos. Topológicamente hay que pensar que un monte que tenga una cima tenga también un valle; o que haya al menos otra, mujer; ¡y que la mujer tenga al menos dos cimas además del valle! Y así sucesivamente… Para superar esta trágica caída en el pantano de fósiles y fango hay que aprender a rueírnos encima. Quería escribir reírnos, pero rueírnos podría valer igual.
Hay que hacerse, es más, hacer niños y dejarlos jugar juntos, dejándolos habitar las cimas descongeladas y hacerlos mear abajo en la cabeza de los retrasados tan elogiados. Con desencanto y ligereza, los niños habitarán aquellos lugares donde todo es sagrado y donde el texto más sagrado que se ha conservado es un manual práctico titulado "tirarse pedos sin cagarse encima". Nos vemos, pues, allí en la cima del monte niño, para burlarnos aúlicamente de esos retrasados que empujan la moto en línea recta horizontal haciendo girar las ruedas en redondo al revés. Los que se han quedado atrás son progresistas frenéticos vencidos por la inercia, que corren a velocidades fotónicas en línea recta como hacen los cohetes-misiles, sin cambiar nunca de trayectoria salvo cuando se doblan aplastados por el peso de la atmósfera, dando siete vueltas y media al globo por segundo para regresar siempre y para siempre al mismo momento en el que habían acelerado para moverse de allí.
Que además estoy seguro de que el retrasado tarde o temprano se preguntará si empujar la moto causa el retraso o si es porque soy retrasado por lo que empujo la moto. Quién sabe. Por suerte siempre hay algo que aprender y de lo que tomar ejemplo. La mítica moto de Motolese, por ejemplo, es distinta de las demás, si se mira bien. Evolutísima tecnología futurista biomecánica prohibida a los mayores de 6 años, con una cúpula minúscula a medida de liliputiense y unos botoncitos atómicos como los del StarTAC, el teléfono móvil con el que es imposible decidir qué número marcar. Estoy archiseguro de que es una tecnología producida en ese lugar que algunos llaman "Japón", donde la ironía de la suerte quiso que lo usaran para aprender a hacer bromas telefónicas; y estoy también seguro de que se remonta a la época postimperialista, al menos un treintenio después del célebre harakiri del general Nogi, en tiempos del boom económico surgido de la destrucción de Phoenix.
En fin, esta tecnología se pone paradójicamente en marcha pulsando un solo botón. Pul. Zak Zak Tumb Tumb. Y arranca. Encendida al primer intento, se transforma en un cohete-misil que se lanza entre las cumbres hacia lo alto, y luego desciende un poco, hasta que golpea Montecitorio. Se cuenta que los montes más bajos son sacrificados por la ferocidad salvaje de la tecnología enloquecida, mientras que la inteligencia humana sabrá refugiarse en cumbres mucho más altas. Por lo demás, esta moto es una entidad deficiente de espíritu de iniciativa, un medio como cualquier otro, y sus atributos dependen del uso que se le dé. En todo caso, entretanto me asomo un poco, al menos para ver si el cohete-misil ha funcionado. Ha funcionado. Montecitorio se parece ahora más a un panteón. La recesión avanza entre bosques de brazos tendidos, tubos, palancas, frenos y embragues; pero también gracias a plátanos y a cohetes-misiles sobre los palacios y sobre las iglesias. El mundo por fin se ha reabierto a la visión feminista, así que pienso hablar en nombre de todos cuando digo que yo también soy un poco Giorgia.
¡Sí, es así! Pero ¡qué bonito castillo, Marcón Dirón Dirondelo! Por eso me devano los sesos, decía la dama con el oropel. Pero el principio es siempre el mismo: si una cosa sabes que no puedes hacer, actúa evitando hablar. Así que me he convencido de estar convencida de querer crearlo, un partido de acción feminista y evolucionario que llamaremos a coro "falo". Debo acordarme siempre de llevar encima un plátano; es más, no encima: mejor me lo pongo en el bolso de mano, que es más cómodo y gracioso, que nunca se sabe: si llegaran a confundirme con un pirata de la carretera japonés, siempre podría enseñarle esta o aquella evolución, y estaría seguro de que así me reconocerían. Cuando hablo de evolución y de jirafas, los nervios me afloran a la piel. Me vuelvo enseguida darwinista; mejor dicho, darwiniano, porque prefiero razonar con el culo. Si pienso que las jirafas se han evolucionado con el tiempo, pierdo los estribos.
Parece que en un principio fueran una especie de bastardo cruce fortuito entre un burdégano y una tortuga, que, sin entrar demasiado en detalles, se apareaban, dando origen a una especie rara, pues casi siempre estéril, de jirafa somalí de cuello corto. Criaturas casi mitológicas, lentas, poco útiles para nada, ni siquiera para hacer caldo. Eran cruelmente maltratadas por los colonos que se las encontraban delante tras la gran travesía atlántica horizontal hacia la izquierda. Tales animales solo servían para la carga, y por eso los colonos les estiraban el cuello haciéndoles arrastrar grandes cargamentos de oro, diamantes, incienso, mirra, mazorcas y cañas de azúcar hasta delante de los grandes barcos atracados, dejándolos luego en tierra exhaustos, pues con aquel cuello alargado por la fatiga no cabían en la bodega del barco, que, en efecto, es una tecnología seguramente concebida en Oriente.
Y así, aquí en la cima de esta montaña, mientras meo contemplo extasiado la maravilla de la hora del crepúsculo, cuando todas las criaturas parecen atareadas y hay un gran movimiento en el aire y los mosquitos vuelan entre las últimas líneas de sol que, al retirarse, acrecientan la penumbra donde los murciélagos dibujan círculos en movimiento circular a baja altura y el pájaro carpintero se apresura a dar los últimos martillazos apretando el ritmo tamboril y los gritos de guerra de loros verdes que se agitan entre los cohetes-misiles mientras ya es hora de emigrar de nuevo hacia nuevos horizontes. Ahora, si sigues sonriendo sin saber por qué, este es el espíritu justo con el que abordar esta maravillosa lectura. Estás listo para pasar la página.

Introducción de Gio Montez al Volumen II

CUADRO DE NIÑOS
Como pintados
en la playa
niños enamorados
dormían abrazados
mientras el horizonte se llenaba
de nubes tempestuosas

VIAJE HUMANO INHUMANO
La transición a la que estamos asistiendo en los últimos treinta años —del carácter humano al carácter más allá/super/dis/sub/transhumano— ha dirigido mi investigación de este último periodo.
En el libro Umano Disumano, editado por la editorial Nulla Die, he recogido una parte de esta investigación.
Los instrumentos de los que dispone la humanidad actual harían pensar en un futuro en el que una humanidad superinteligente podrá vivir en paz y prosperidad; pero, inexplicablemente, la estupidez, la guerra, la ignorancia y la escasez monopolizan el presente en todas sus facetas y en todos los lugares.
El vídeo indaga ulteriormente este tema a través de un largo viaje alucinante, y su contrapunto poético sonoro, en el que el espectador se ve obligado a rumiar sobre la insidiosa pregunta ínsita en el título: una lenta e hipnótica caminata filmada en subjetiva, de una longitud aparentemente infinita, por el interior de distintas ciudades (aparentemente todas edificadas por los mismos arquitectos y colonizadas por las tiendas multinacionales) unidas entre sí por túneles dimensionales que el protagonista toma continuamente.
El sonido está representado por los pensamientos del caminar (poesías y apuntes de Luca Atzori y Luca Motolese).

Robots enamorados
La serie de los robots enamorados de Zakamoto nace de la contemplación del corazón humano contemporáneo, aparentemente árido, apagado y anestesiado, un corazón en el que los sentimientos parecen no encontrar ya espacio (ciudadanía).
En el marco humano-inhumano presentado en los libros y en el vídeo, también el artista ya no tiene instrumentos tradicionales y se encuentra "jugando" con la representación como forma de supervivencia; los robots enamorados son testigos silenciosos de la condición humana actual, redefiniendo el concepto mismo de "sentimiento". Su mirada enamorada se vuelve crítica, propuesta, sueño, quizá el único impulso hacia algo todavía auténticamente vivo.
Los humanos prefieren presentarse privados de los sentimientos que no pueden dejar de tener, creyendo que esta estratagema los libera del riesgo de sufrir; los robots prefieren presentarse con los sentimientos que no tienen, tratan de simular el lenguaje del enamoramiento y de la alegría para parecer más semejantes a los seres humanos.
Un robot con ojos que brillan solo quiere convencernos de que siente amor, pero en el fondo, también con los seres humanos, nunca sabemos qué están sintiendo realmente: solo podemos interpretar sus señales.
El teatro de esta tensión entre robots con ojos falsamente enamorados y humanos que fingen aridez hace imaginar cómo es el corazón que falta en el cuerpo de muchos, la renuncia al sentir, hasta convertir a los robots en los últimos guardianes de la humanidad.

El sonido del metal custodiaba el ritmo continuo de lo que fue un corazón humano.

UMANO DISUMANO
UMANO DISUMANO
UMANO DISUMANO
UMANO DISUMANO
UMANO DISUMANO
UMANO DISUMANO